domingo, enero 21, 2018
Abrazando farolas

Por Ramón Muñoz Yanes*

Soy amigo de las farolas. Tuve una en La Habana, vivía junto a casa y su tenue y delicada luz, iluminaba mi habitación. A veces se sonrojaba con mi adolescencia desbordada, pero poco a poco se hizo cómplice de las primeras anatomías, también adolescentes que desafiaron aquellas noches del trópico, vestidas con Radio Enciclopedia y el ruido de mi ventilador hecho con un motor de lavadora rusa Aurika, un verdugo en potencia que vibraba al compás de las caderas, aspas de aluminio sin protección, capaz de cercenar miembros al menor descuido. Sudor y toques de tambor en lontananza, quejidos atenuados para no despertar al abuelo, que no podía ver a la farola cómplice de mis andanzas tempranas.

Ahora tengo otra farola amiga, sofisticada, de energía controlada por ordenador, pero sin los arabescos metálicos y aquella elegancia discreta de mi farola habanera. Pero al final, otra cómplice, pero esta vez disfruta con más frecuencia de mis noches más solas, tal vez piense que vive junto a un sacerdote de silencios, un adorador de recuerdos, de un hombre que no da de comer al reloj de la cocina, lo mantiene a dieta, por el temor a envejecer y coleccionar epitafios breves, envidiosos de los de Perè Lachaise, de las distinguidas lápidas de Oscar Wilde, Mòliere, la Callas o Èdith Piaf.

¿Cómo pactar con el tiempo? ¿Qué decirle? Debo convencerlo que cuando comience a olvidar todo, me haga a un lado, al final es bueno olvidar, tanta obscuridad debe desecharse y volver a la condición primigenia, a un sencillo epitafio: “…aquí descansa un beso…”

 

*Escritor cubano residente en Las Palmas de Gran Canaria