viernes, abril 20, 2018
El castrismo light y mis tamales convictos

Por Ramón Muñoz Yanes*

Soy un cubano de a pie. En mi familia no tuvimos mártires en ningún bando del eterno conflicto; somos descendientes de emigrantes condenados a una emigración perpetua, unos genes en movimiento casi irracional sentenciados a sembrar de tumbas tierras extrañas, tal vez el resultado de ya no sé si la buena o mala costumbre de vivir aferrados a los principios.

Es muy jodido vivir con conceptos definidos, no medrar con las emociones, prescindir de intereses, de ser una buena persona sin una cruz al cuello o un iddé en la muñeca que te identifique con la impoluta pureza de lo místico y lo celestial. Es extremadamente jodido vivir sin joder al prójimo a salvo de ideologías y religiones, es brutalmente jodido vivir en paz con las riendas tensionadas de las bajas pasiones humanas.

Soy de una generación víctima de un conflicto nacido mucho antes, de una sociedad en decadencia crecida de una república cuyos primeros parlamentarios ostentaban más que una erudición profunda, una trayectoria guerrera muy en contraposición al lógico inmolado en Dos Ríos que preconizaba una república lejana al concepto de campamento militar.

Mi nación nació deforme, una república como definiera con exactitud Loveira en Generales y Doctores. Aquellos vientos por lógica trajeron estas tempestades antropológicas, era lógico.

Tengo una tendencia innata a la acracia, poco pragmático pero con adicción a lo justo, los ingredientes básicos para un verdadero fracaso espiritual. Es necesaria la flagelación constante de las ideas para soportar el peso de una nacionalidad deforme, cuyo máximo exponente es una ciudad de falo luminoso a la entrada, que vende al extranjero no mármoles tallados sino vaginas baratas y una sociedad obediente y marginal a punta de fusil.

He sentido tristeza muchas veces de mi condición nacional. Una vez, como tantas otras, parado frente al consulado cubano de Las Palmas con un aparentemente inofensivo cartel de “Los cubanos tenemos derechos a los derechos”, fui uno de los cuatro cubanos que entre más de diez mil residentes en las islas reclamábamos el derecho de todos a visitar nuestra tierra sin condiciones. Pero delante nuestro desfilaban nuestros propios compatriotas, cabizbajos, a pagar las abusivas tasas, el caro pasaporte.

Y sientes toda la tristeza del mundo en el alma de ser parte de un pueblo de rehenes a ambos lados del muro de nuestras lamentaciones: el malecón.

Por estos días y gracias a la telefonía digital, un huracán desnuda ante el mundo la fachada del milagro proletario y se encienden las pasiones. La familia de Birán hace los deberes, pero incorpora poco a poco a sus descendientes a una Cuba algo distinta, más light aunque con tropas especiales dispuestas a la paliza, con un exilio también light que se defeca en los miles y miles de ahogados, en los fusilados, un exilio quizás con un tinte más ilustre, penetrado hasta la médula por los edictos de dos conocidas fuentes de la inteligencia cubana, la Universidad de México y la de La Florida.

El trabajo de años ha dado sus frutos, el propósito ahora es agredir y masacrar al que intente dañar este mundo light que se nos avecina, el del perdón, el del olvido al precio de las tumbas de los abuelos, el de la imagen de singones baratos y bailadores eternos de sonrisa presta. Es necesario más que nunca el cubano ciento por ciento, el que mira al otro lado, el que carga maletas, el callado y también el que con tanto blanco que escoger, se decide por el crítico a destajo con el tirano.

Al final de todo creo que debo refugiarme entre mis mármoles europeos fríos pero visualmente geniales, desterrar de una vez la pertenencia aunque me cueste el alma y fusilar unos tamales en el muro del patio, porque hay una cosa segura, no acepto la dictadura en ninguna de sus variantes y mientras más lejos mejor. La alquimia no existe, así que no puedo sentarme en una letrina social a intentar pescar un salmón.

 

 

*Escritor cubano residente en Las Palmas de Gran Canaria