viernes, abril 20, 2018
Los demonios de la hoz y el martillo

Por Ramón Muñoz Yanes*

El comunismo durante casi un siglo tuvo en sus manos la posibilidad del secuestro de la opinión. Es el único sistema sobre la tierra que uniformó las letras y, tras colocar un número de identidad en sus pechos, las envió a esos gulags gubernamentales llamados – con absoluta pretensión – noticieros informativos.

La opinión todo este tiempo se vio abocada a dos únicas opciones: formar parte del engranaje propagandístico de sus carceleros o añadir más barrotes a su celda personal, la autocensura.

Las redes sociales dinamitan el principio comunista de encarcelar el pensamiento, muestra sus falsos mitos tal cual son, desmitifica a sus héroes, baja de los pedestales forjados en oficinas a sus líderes; nada se resiste al embate de la opinión libre y traviesa, la opinión sin cadenas que recorre las redes.

Un comunista es un soldado con la mochila vacía de argumentos, dispara insultos, pero ya carece de su punto fuerte: amedrentar y golpear la opinión, amordazarla, desprestigiarla y enviarla al calabozo del ostracismo. Nada puede hacer frente a la opinión en su estado puro, libre.

El comunista odia las redes, puede gritar pero no golpear, puede insultar pero no encarcelar, su ideología represiva le condena al mayor de los fracasos cuando se enfrenta a la palabra en su cometido original de pregonera de libertades.

Por ello insultan, censuran y sancionan las redes en sus países, tienen miedo a la palabra; es su destrucción irremediable. Están condenados por la historia.

 

*Escritor cubano residente en Las Palmas de Gran Canaria