La Asamblea General de la ONU arranca con Ucrania, Taiwan y la crisis energética como telón de fondo

El evento diplomático más importante del mundo se abrirá este martes con las tensiones entre EEUU y China a cuenta de las declaraciones de Joe Biden, que afirma que defendería con soldados americanos Taiwan si Pekín decide invadir la isla.

Por primera vez desde 2019, Nueva York tiene una Asamblea General de Naciones Unidas más o menos normal. Eso sí: la nueva normalidad es menos agradable que la vieja normalidad. El centro de la ciudad está mucho más sucio, tiene muchos más ‘sin techo’ y mucha más delincuencia que hace tres años, y, hace apenas dos semanas, un video de un robo en un coche en el que los asaltantes embistieron al vehículo de su víctima se hizo viral. El vídeo fue todavía más sorprendente porque el salvaje asalto fue en el Upper East Side, la zona más ‘pija’ de la ciudad, en la que tiene su residencia la crema y nata de la sociedad neoyorquina, incluyendo al embajador español en la ONU, cuya sede visitará mañana el presidente del Gobierno, Pedro Sanchez.

La Asamblea arranca, en parte, bajo la sombra de la guerra de Ucrania, la crisis energética agravada por esta, que amenaza con liquidar las promesas de lucha contra el cambio climático de ediciones anteriores, y con la nueva Guerra Fría entre EEUU y China. En las últimas semanas, Rusia ha perdido apoyos entre los países emergentes, a medida que la teatro de operaciones oscilaba entre la violación de los Derechos Humanos en el trato a los civiles  y la selección de objetivos y el ridículo más absoluto en el campo de batalla. Eso da cierto margen de maniobra a las democracias occidentales, aunque la guerra continúa y su desenlace sigue siendo incierto. Más problemáticas son sus consecuencias en el terreno económico, con una explosión de la inflación que está golpeando más, precisamente, a los países emergentes cuyo apoyo Vladimir Putin quería obtener para su invasión. La otra gran víctima del ataque ruso a Ucrania va a ser la política energética, en especial en Europa, que va a dificultar, al menos en el corto plazo, la transición a las renovables.

El encuentro, también, llega tras la entrevista del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, a la cadena de televisión CBS, emitida el domingo. En ella, el presidente estadounidense declaró que “la pandemia se ha acabado”, en referencia al Covid-19, aunque admitiendo que “tenemos un problema” con el virus y que “todavía estamos trabajando mucho” en ese problema. La ONU, sin embargo, mantiene su prohibición de entrada a los no vacunados que, presumiblemente, no aplicará, por segundo año consecutivo, con el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, que ya habló el año pasado sin estar vacunado (la ONU dejó entrar al jefe del Estado y del Gobierno brasileño, que la noche antes había tenido que comerse una pizza en la calle en Nueva York porque el restaurante le negó el permiso a entrar al no poder mostrar certificado de inmunización).

En su entrevista, Biden volvió a dejar claro que el mundo está ya en una nueva Guerra Fría entre EEUU y China, ya que volvió a declarar que, si Pekín invade Taiwan, Estados Unidos mandara soldados a defender ese país. Es la tercera vez que Biden lo dice, en lo que constituye un cambio radical de la política estadounidense hacia Taiwan, que está basada en la ‘ambigüedad estratégica’ que pasaba, precisamente, por no especificar si EEUU enviaría tropas a defender a Taiwan de una hipotética invasión de China. En las otras dos ocasiones, la Casa Blanca declaró que las afirmaciones de Biden no eran una ruptura de la doctrina ‘ambigüedad estratégica’.

La afirmación de Biden no es baladí, por varias razones. Una es la fecha, ya que llega en vísperas de la Asamblea General de Naciones Unidas, el acontecimiento diplomático más importante del mundo, que se celebra esta semana en Nueva York, con intervenciones de los jefes de Estado y de Gobierno de la práctica totalidad de los países de la Tierra. Otra, porque, en la guerra de Ucrania, Biden ha insistido siempre en que EEUU no enviará soldados a ese país, aunque mantiene un compromiso “férreo” en la defensa de los aliados de la OTAN en caso de que Rusia los ataque.

La gran diferencia, no obstante, es que entre Estados Unidos y Taiwan no hay un tratado internacional vinculante, como es el caso de la Carta del Atlántico en la que se basa la OTAN, y que establece que un ataque contra un miembro lo es contra todos, algo que quedó de manifiesto en los atentados del 11-S, cuando la Alianza ofreció ayuda a EEUU. Así que, mientras no haya un tratado entre Washington y Taipei, la ambigüedad persistirá, si bien el compromiso político de Biden parece muy firme.

Estados Unidos no reconoce la independencia de Taiwan, y oficialmente apoya la idea de “una sola China”, lo que, en la práctica, constituye un espaldarazo implícito a la posición de Pekín. Sin embargo, Washington se opone a una unificación por la fuerza. Y resulta impensable que Taiwan, una democracia de 23 millones de personas, vaya a acceder a la unión con China, una dictadura de 1.400 millones. Toda esa retorcida posición diplomática -apoyo a la unificación, pero sin que esta se lleve a cabo de manera violenta, que es la única manera de que se produzca- es la base de la ambigüedad estratégica.

En 2021, Estados Unidos admitió que tiene varias docenas de soldados en Taiwan desde, al menos, un año antes. Se trata de militares de la Infantería de Marina especializadas en guerra anfibia y Fuerzas Especiales, que oficialmente realizan tareas de entrenamiento. Washington mantuvo varios miles de soldados en Taiwan durante décadas, pero empezó a retirarlos a partir de 1972, cuando restableció relaciones diplomáticas con China.

Fuente/Crédito: elmundo.es

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